Mis Relatos

 

En este apartado, compartiré relatos de mi inspiración…

(Puedes bajarlos en PDF)

¡Espero los disfrutes! 😉


 

HABLANDO CON LAS ALAS DEL CORAZÓN

Hablando con las Alas del Corazón (LSSL -2016)

 

Estaba contemplando las estrellas. Le encantaba hacerlo cada noche, antes de cerrar sus ojos para dormir, y abrirlos a los sueños. De pronto se halló tendida en una pradera. El Sol acariciaba su rostro suavemente. Una mariposa de hermosos colores se posó en su pecho. Aleteó un poco, cerró sus alas y se quedó quieta mirándola. Ana también se quedó con los ojos fijos en el espléndido ser alado. ¿Qué te trae por aquí, amiguita? – le dijo Ana. La mariposa siguió impávida sobre la joven. Mmm… ¿Pero acaso pretendo que me hable la mariposa?, pensó Ana, y rio para sí misma. ¡Las mariposas no hablan, jajajaj! ¿Qué me pasa?

En ese momento, la mariposa abrió de nuevo sus alas color naranja, adornadas con trazos negros, y Ana sintió una tenue brisa en sus oídos. No tengo la capacidad de hablar como tú, pero sí te entiendo lo que me dices, lo que piensas y lo que sientes, e igualmente, puedo comunicarme contigo a través del corazón, porque sé que tú lo escuchas – le expresó la mariposa. Es verdad, puedo oír tu voz con mi corazón – susurró la jovencita. Sólo tienes que sentir y pensar, y yo capto lo que quieres decirme. No tienes que hablar – le expresó el ser alado.

¡A veces la vida es tan efímera, amiguita! En un segundo podemos perderla – manifestó Ana. Ayer por ejemplo, hubo una tragedia en mi país. Murieron casi todos los ocupantes de un avión que venía a mi patria, proveniente de tierras cercanas. Se estrelló poco antes de llegar a su lugar de destino. Fue algo muy doloroso. Muchas jóvenes vidas se truncaron, miles de sueños quedaron suspendidos en el tiempo, en el vacío… ¿Por qué pasan estas cosas tan duras? Ahora se busca la causa, el culpable, como en todo accidente o suceso trágico. Pero develar el misterio sólo importa en tanto sirva para evitar acontecimientos similares. Para los dolientes, ¿qué más da? Eso no revivirá a sus seres queridos. Sus hijos, su familia, sus amigos fallecidos, ya no volverán. Solo permanecerán en el recuerdo.

Pero si están en el recuerdo, no han desaparecido. Vivirán por siempre en los corazones de quienes los amaron, admiraron o conocieron – añadió la mariposa y continuó: La muerte es solo un cambio de estado. Ellos ahora no están limitados por el espacio y el tiempo. ¡Son infinitos! Se han unido con la luz y se han fundido en otra dimensión con la energía universal. Toda nuestra existencia son cambios, etapas. Mira por ejemplo nuestro ciclo de vida. Huevo, larva, crisálida y adulto. Y el tuyo: Nacer, crecer, reproducirse y morir. No todos alcanzamos cada una de las etapas. Los únicos estadios fijos son huevo y morir. Es la ley para los seres en el mundo físico. Nuestras existencias, cortas o largas, son relativas y se mueven dentro de un orden perfecto. En ocasiones no lo entendemos y nos parece absurdo e incoherente, pero no podemos escapar de él. Pienso que sólo lo hacemos cuando nos desligamos de lo físico. Cuando volamos con la imaginación, con el amor, en mundos mágicos llenos de aventura y bondad. Cuando creamos, cuando soñamos, cuando compartimos y damos la mano, sincera y desinteresadamente… ¡Ahí se detiene el tiempo y se hace etéreo el espacio!

La mariposa cerró sus alas y Ana le respondió: ¡Es cierto! Cuando nos unimos y nos comunicamos con el corazón, de alma a alma… ¡Allí es cuando verdaderamente vivimos! Vio cómo la mariposa se alejaba batiendo sutilmente sus coloridas alas bajo el Sol…

Las estrellas seguían brillando, y la Luna sonreía, mientras Ana ya dormía…

 

Por: Luz Stella Salazar López.

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Cortesía: Soledad Carrizo A.

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En este mundo lleno de absurdos y cosas sin sentido, buscamos una salida, una explicación, un freno, o poner nuestro granito de arena para mejorar situaciones o encontrarles solución… ¡Es trabajo de todos y de cada uno! Este relato surge pensando en eso… Retomé un esbozo que tenía desde hace unos años, y le di forma hace algunos meses… ¡Aquí lo comparto! 

 

EL MUNDO DEL ABSURDO

El Mundo del Absurdo (LSSL) – 2015

 

Hacía mucho calor. Era un día común en mi país. Una nación llena de riquezas naturales y humanas, pero como otras cuantas llamadas “tercermundistas”, invadida también por la pobreza. Pobreza causada por la miseria del espíritu, por la avaricia de muchos y el desorden del mundo del absurdo en el que vivimos los denominados “seres humanos”, del nombrado “planeta azul” o Tierra. Un pequeñísimo punto en el Universo, pero hermoso y vasto para todos sus habitantes. Pensaba sobre ese mundo del absurdo con una sensación de indignación e impotencia, que aunada con el sopor, me fue conduciendo hacia los brazos de Morfeo.

Se me fueron desdibujando los contornos y las formas del sitio donde estaba, hasta que se perdieron en una bruma. De pronto me encontré en una convención de seres extraños. Había siete, sentados alrededor de una mesa redonda, baja, de madera y rústica. No alcanzaba a ver qué había en el centro de la misma, pero emanaba luz y todos miraban hacia allí. Era como una esfera, dentro de un orificio circular, la cual parecía girar lentamente.

El recinto, amplio, pero de techo no muy alto, tenía forma de rombo. Lo iluminaban cuatro pequeños candelabros, situados cada uno en una esquina del recinto, como marcando los cuatro puntos cardinales: Norte, Sur, Oriente y Occidente. La luz que salía del centro de la mesa era azulosa y resplandeciente; casi llegaba a encandilarme cuando fijaba mis ojos en ella, pese a la distancia. Sin embargo, a los siete seres parecía no incomodarles mirarla sin descanso. Sus trajes, de confección poco elaborada, eran similares a túnicas con capuchas, como las de los antiguos monjes de las abadías. Todos los trajes eran de diferente color, pero en tonos sobrios, haciéndole juego a la penumbra circundante del lugar donde estaban. Había uno azul, uno amarillo, uno blanco, uno gris, uno verde, uno rojo y uno último, café.

Yo observaba la escena desde atrás, en silencio, por una rendija que había quedado entre los dos cuerpos de la puerta de la habitación. Los seres se hablaban unos a otros, en diferentes lenguas y casi a manera de susurro, como si pretendieran no perturbar a la esfera central que observaban, pero se entendían entre sí.

No lograba ver sus rostros dentro de las capuchas, pues se veía muy oscuro, así que, con cuidado de no hacer ruido, abrí un poco más la puerta. No obstante, sonó un leve crujido, pero estaban tan absortos en su actividad, que no notaron mi presencia. Según lo que alcancé a divisar de sus rostros, azulados por el reflejo de la luz de la esfera, que pude vislumbrar que era la Tierra, no se identificaba si eran hombres o mujeres, jóvenes o viejos, pero sentía que eran seres de luz por su calma y sencillez. De repente, sin saber por qué, comencé a entender lo que decían; tal vez podrían ser ángeles o guardianes de nuestro Planeta. Son siete, quizá uno por cada continente, pensé. América del Sur, América Central, América del Norte, Asia, África, Europa y Oceanía. Así, los colores de los trajes debían identificar a cada continente. Verde para Suramérica, Amarillo para Centroamérica, Blanco para Norteamérica, Rojo para Asía, Café para África, Gris para Europa y Azul para Oceanía. ¡Sí, los seres extraños debían ser una especie de guardianes!

Parecían tratar de identificar las causas del desajuste reinante en el mundo para definir alguna solución y lograr ponerle freno a tal caos. Citaban como origen de la situación, al deseo de poder, la avaricia, el egoísmo, la soberbia, la irresponsabilidad con el medio ambiente, el irrespeto por la vida, por la dignidad, la falta de amor, la intolerancia, la injusticia, la violencia, entre otros. ¿Pero qué era lo que detonaba esos males o hacía que tomaran prevalencia sobre sus opuestos? “Quizá sea por la esencia misma del ser humano”, postuló uno de ellos. Otro refutó tal hipótesis, arguyendo que si fuera por la esencia humana, en la mayoría de las personas predominarían esas condiciones y no es así. “Lo que sucede –decía- , es que lamentablemente en quienes ostentan el poder, tanto económico como político, abundan esas características”. “Pienso más bien que es por la existencia del dinero”, repuso otro de los guardianes. “Quizá si no existiera, la situación sería diferente. Casi todo se corrompe por su exceso o por su carencia”. “Sí, podría ser” -intervino un tercero-, “Imaginemos un mundo sin el dinero, como en tiempos remotos, cuando no existía tal medio de cambio, sino que era por trueque de bienes”. “Qué bueno sería probar esa solución; cambiar trabajo por bienes o bienes producidos, por otros que se necesiten”, propuso un cuarto guardián y complementó diciendo: “Igualmente, para que haya justicia en los intercambios, debe ser obligatorio el trabajo para todo el que pueda hacerlo, e igualmente, deben serlo las actividades de aprendizaje y formación, para quienes aún no puedan acceder al mismo. Por otra parte, quienes estén incapacitados en su totalidad para realizar cualquiera de esas actividades, deben estar protegidos y a cargo de quienes sí son aptos”.

Un quinto ser intervino y planteó que para un buen funcionamiento de tal mundo, también debían anularse las fronteras. Ser una sola Tierra, sin límites; hermanos todos viviendo en paz y compartiendo el planeta con responsabilidad y generosidad. Acto seguido, otro guardián que aún no se había manifestado, expresó que todo eso estaba muy bien, pero “¿quién dirigiría la gran nación Tierra? Sería necesario que el sistema tuviera un centro o un fin definido hacia el cual encaminar las fuerzas e ir trabajando y mejorando cada vez, hasta conseguirlo”.

Al respecto, un último señaló, que si había un “alguien” que condujera o coordinara todo, podría entorpecerse el ideal del mundo que pensaban, porque ya vendrían las ansias de poder, envidias y diferencias entre unos y otros en pos de obtener el mayor grado de jerarquía en el sistema. Debía haber un hilo conductor, sí, pero no encarnado en una persona, sino más bien en “algo” que fuera absoluto, perpetuo y no susceptible de cambio. “¿Te refieres a un Dios, a la madre naturaleza, al Ser Supremo, Creador del Todo y de la Nada o quizá a la energía universal, alimentada por todos y cada uno de los elementos existentes en el cosmos? No sé cómo podría lograrse tal forma o ente de Gobierno”.

Yo estaba muy alerta a todo lo que decían y analizando las posibilidades para que ese mundo que proponían funcionase; tanto que, sin darme cuenta, golpeé con mi pie uno de los cuerpos de la puerta, la cual al abrirse, ¡me dejó al descubierto! Quedé como en trance, sentí mucho miedo y no sé qué pasó, pero de repente percibí que me sacudían con firmeza. “¡No, yo no pretendía husmear ni entrometerme en sus designios!, exclamé. Al instante, escuché una voz que me decía: “¡Cálmate, era sólo un sueño!”. Volví a ver claramente los contornos y las formas del sitio donde estaba, a sentir el calor, mi cuerpo sudoroso y agitado y a contemplar cómo el mundo del absurdo, con todo su caos, seguía intacto. No había aún solución, nada extraordinario había pasado… ¡Todavía no quería  haberme despertado!

 

Por: Luz Stella Salazar López.

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Juegos o fantasías de la infancia, llenos de inocencia, sencillez y magia, que nos quedan grabados en la memoria y en el alma… Hace algunos meses decidí plasmar uno de esos recuerdos, y darle vida, a través de este relato… Con todo mi corazón:

ALAS TORNASOLADAS

Alas Tornasoladas (LSSL) – 2015

Allí, entre las copas de los árboles, viven las hadas, me decía a mí misma, cuando tenía unos 6 ó 7 años. Recuerdo que solía jugar con la imaginación, soñar despierta. Me recostaba en la hierba, bajo los árboles y me quedaba mirando hacia arriba, hacia las copas de esos majestuosos reyes del tiempo. Empezaba a ver cómo se agitaban sus hojas. La causa: puñados de haditas que jugaban y revoloteaban, volando entre las ramas. ¡Era hermoso! Me extasiaba contemplándolas. Alas tornasoladas que dejaban halos multicolores de polvo brillante de estrellas, como huellas temporales de sus movimientos. Vestidos elaborados con hojas o pétalos de flores de variados colores. Sentía sosiego y regocijo al verlas. Caritas pícaras y risueñas, que se confundían y a veces se desdibujaban con los rayos del Sol, que lograban colarse en su pacífico mundo. Cada día era una nueva aventura en compañía de esos pequeños, pero fantásticos seres. Aunque tal experiencia era momentánea, cuantificándola bajo la concepción de tiempo que manejamos en nuestro mundo físico, limitado, yo la percibía a la vez, ¡eterna! Me llenaba el alma. La espontaneidad, sencillez, alegría y sinceridad, rebosaban entre aquellos seres. Pasaba el tiempo casi sin darme cuenta. ¡Cuánto disfrutaba y anhelaba esos momentos del día! Yo, en intimidad con mi mejor y más fiel amiga, la magia de la imaginación.

Eso sucedió durante muchos días, meses y algunos años, hasta que se fue desvaneciendo, a medida que yo iba creciendo y ocupándome en otras actividades y pensamientos. Pero los reyes ancestrales seguían allí, firmes y exuberantes, recordándome que la magia estaba latente, que sólo debía dejarla libre para que aflorara de nuevo. Sin embargo, con los afanes diarios, la dinámica impersonal y masificadora de un mundo en el que todo avanza rápidamente, donde apenas si logramos percatarnos de los cambios, yo obviaba o acallaba esas voces.

Mas como la magia no se muere, sino que sólo se duerme, o mejor, la dopamos con nuestra aparente madurez, en algún momento resurge. Porque a pesar de todo, de nuestra resistencia a revivir el niño que habita dentro de nosotros, y de las tendencias del mundo a que no pensemos autónomamente, que no soñemos y que tendamos a uniformarnos en todo aspecto, perdiendo nuestra identidad, y que seamos como ovejas llevadas mansamente por un pastor hacia donde el dueño de las mismas le plazca o le convenga, llega el instante en que despertamos de ese letargo y rescatamos la magia, la imaginación y ese niño vivaz, lleno de sueños, inocente  y ávido de experiencias, que subsiste en cada uno de nosotros, sin importar raza, color, género, origen, edad o condición.

De esta manera, el ciclo vuelve a comenzar. Cuando llegamos a cierto momento de nuestras vidas, unos antes, otros después, recobramos esa libertad perdida; volvemos a ser niños, en cuerpo de adultos. Volvemos a querer y decidir ser nosotros mismos, a despojarnos de tapujos, vergüenzas y cadenas aprendidas. Volvemos a volar, a abrir verdaderamente nuestras alas y revolotear como las hadas con las que fantaseaba, a jugar con nuestra imaginación empoderada con nuestros saberes adquiridos o habilidades desarrolladas, a soñar despiertos, a sentir plenamente, desde las más pequeñas, hasta las más grandes cosas, y a… ¡vivir! A pintar nuestra existencia como una obra de arte, a tejer nuestra historia con la calma de las abuelas, sentadas plácidamente, en sus sillas mecedoras.

Vuelven el sosiego y el regocijo, el alma llena y la unión inquebrantable con nuestra amiga de siempre, la magia de la imaginación. Y nuevamente, allí, entre las copas de los árboles, viven las hadas, me digo a mí misma, cuando tengo más de 40 años y por fin me he decidido a vivir mis sueños. A armar y difundir diversas historias, surgidas desde mi interior, atendiendo las voces de aquellos reyes ancestrales y escuchando las melodías mágicas que brotan de lo más profundo del ser, las cuales quiero compartir, porque son parte tuya y mía, porque conformamos un todo con el cosmos, con la madre naturaleza, y porque ¡la magia siempre está en ti!

Alas tornasoladas que dejan halos multicolores de polvo brillante de estrellas, como huellas temporales de sus movimientos. Caritas pícaras y risueñas, que se confunden y a veces se desdibujan con los rayos del Sol, que logran colarse en el pacífico mundo de las hadas. Cada día es una nueva aventura… ¡Sueña y vuelve a vivir!

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Por: Luz Stella Salazar López.


Desde el alma y con el corazón, como siempre escribo, unos 6 años atrás nació este relato corto… Lo retomé en este, le hice algunos ajustes y aquí lo comparto con todo mi cariño… ¡Espero lo disfrutes! 😉

¡TANTO, QUE NO PUDE MÁS!

¡Tanto, Que no Pude Más! (LSSL) – 2009, 2015

 Todo pasaba frente a mí; la vida, el tiempo, la gente, tristezas, alegrías, violencia, amor, límite, infinito, calor y frío. Todo me era indiferente; pasaba como si yo no fuera parte de ese apurado cosmos; como si nada me afectara, como si todo me ignorara. Sentí que yo era un punto fijo, que todo lo que me rodeaba se movía, cambiaba, existía y yo sólo flotaba; un punto suspendido, detenido en una bruma donde nadie lo veía. No sabía qué había pasado. ¿En qué momento, en qué lugar había perdido mi esencia? Era un simple cúmulo de partículas inertes; un alma desintegrada en millones de trozos, atrapada en un cuerpo que ya nada podía. Se desplegaban ante mí numerosas y diversas imágenes, como en una película; una película sin sonido, sobre la cual yo no tenía dominio y en la que me había sumergido sin darme cuenta.

Había en mí un vacío inmenso; un todo lleno de nada. ¡Sí, de nada! De nada, de nadie y de todo lo que no sirve para nada. ¿Por qué dejamos que nuestra vida llegue a ese estado? ¿Por qué nos empeñamos en lograr lo que creemos “correcto” y no en lo que realmente queremos? ¿En lo que termina lastimándonos y dañando nuestro entorno y a quienes queremos y no en lo que nos da gozo espiritual, trascendencia, lo que verdaderamente nos llena y nos hace felices?

Tantas cosas por hacer; ¡tantas y tan pocas! Tan pocas las que nos quedan en un momento de agonía, en un minuto en el que desfallece el ser, en un segundo en el que de nada sirve la vida. Impotencia, apatía. Tal vez pudimos aportar mucho a un mundo que se perdía, pero no lo hicimos. ¿No pudimos?… ¡No quisimos! ¿Nos faltó tiempo?… ¡Nos sobró miedo! Tanto vimos, tanto vivimos, tanto callamos, tanto eludimos. Todos sufrimos, pero también gozamos. Amamos o al menos alguien nos amó. Al menos un Ser Supremo nos creó, nos compartió su energía, nos dio vida y mientras ésta exista, siempre habrá esperanza, posibilidad de cambio, de crecimiento, de amar… ¡La vida!

De pronto sentí un remesón. ¿Aún vivía? ¿Qué me había pasado?… ¡No sabía! Sin embargo, percibí que era una segunda oportunidad. Que mi vida en la nada no se perdería, que de nuevo tenía mucho por hacer, mucho qué ofrecer y tantas ganas, que ni yo podía creerlo. Aquel punto fijo, suspendido, detenido en la bruma, comenzaba a moverse. -¡Despierta ya, no te dejes vencer!-, me decía una voz. ¿Era mi conciencia? ¡Debes dar la pelea, enfrentar la vida! A mi lado sólo veía polvo brillante, como el de las hadas de los cuentos que me leían mis padres en la infancia. La película sobre la cual no tenía control, había terminado. Y aún sin saber qué era, esa voz me inspiraba confianza, deseos de levantarme y salir del estancamiento en el que estaba. No sabía en realidad qué había pasado, pero comencé a sentir otra vez, a oler, a oír, a recordar… ¡El llamado mundo real!

Siempre me había gustado ayudar, ser como el súper héroe que no se cansa; al que todo le atañe, a quien la injusticia le duele y puede poner remedio a eso. Me preocupaba por brindar mi granito de arena para construir un mundo mejor y alentar a otros a que reflexionaran e hicieran lo mismo. ¡No era fácil! Cada uno estaba inmerso en su mundo, en su egoísmo, ¡en su indiferencia! Algunas nobles causas, pero sin resultados concretos. Así era que me había ido adentrando en un mar que me engullía; en un torbellino del que no podía salir. En la lucha por el bien común, por lograr la paz y total armonía, había olvidado mi vida. Buscaba con obsesión, soluciones que cada vez veía más y más lejanas. Sentía que mis esfuerzos no servían, que el mundo me contaminaba con sus errores, en lugar de yo poder contagiarlo con los buenos propósitos. Preservar el mundo, mantener los valores, respetar y ayudar al otro sin esperar nada a cambio; sólo con la satisfacción de una labor bien hecha. Eran ideales hermosos, pero allí se quedaban. Prevalecía el afán de poder o ¿quizá el poder permanecía en manos indebidas? Porque la gente buena y justa es numerosa, pero carece de coraje o tal vez ¿excede en temor para actuar y lograr sus metas?

Fui quedando en camisa de fuerza con mis ideas, proyectos y propósitos, hasta que, pese a ser aún joven, el mal de la época me alcanzó. Empecé a no dormir bien, a comer a deshoras, a vivir con estrés, a necesitar más tiempo del que disponía para las causas altruistas y empecé a enfermarme. Tanto me importaba todo, que ya nada me importaba en realidad. Tanto tenía por hacer, que nada lograba realizar a cabalidad. Tanto me esforzaba, que siempre me parecía poco. Me iba perdiendo en un mundo irreal, donde ya no había esencia. ¿Estaba entrando en la locura? ¿Me había convertido en un miembro más del absurdo entorno masificado?

Era una noche muy fría cuando lo entendí. Lloré sin cesar, había adelgazado bastante, mi tez lucía pálida y demacrada. Ya no recordaba cuándo había sido el último momento de sosiego, de alegría, de calor humano que había tenido. Hacía mucho tiempo no disfrutaba de un abrazo, de un beso, de una canción, de una caricia, de una obra de arte; ni siquiera de la calidez de mi madre, de mi familia. Exclusivamente vivía en pos de acabar con lo negativo y tarde comprendí, que ese no era el camino, que de esa forma no lo lograría. Estaba en mi alcoba, frente al computador, cuando de repente… Todo pasaba frente a mí; la vida, el tiempo, la gente, tristezas, alegrías, violencia, amor, límite, infinito, calor y frío. Todo me era indiferente; pasaba como si yo no fuera parte de ese agitado cosmos; como si nada me afectara, como si todo me ignorara…

Esa noche me llevaron de urgencia al hospital. Me había quedado allí, sobre la mesa del computador, en silencio, inmóvil. No volví a hablar ni a querer moverme, como si me hubiera desconectado del mundo… ¡Sí, quizá había entrado en la locura; había perdido mi esencia! Y así estuve por tres años, en un sanatorio donde me llevó mi madre y al cual ella iba todos los días a visitarme, a estar a mi lado, a acompañarme, hasta que las fuerzas se lo permitieron. Firme, amorosa, sin perder la fe en que yo volvería, siempre con la esperanza viva. ¿Pero dónde estaba ella ahora que yo despertaba de ese largo sueño?

Pude inferir que aquel polvo brillante, como de hadas, que había visto y la voz que me hablaba y me invitaba a entrar de nuevo a la realidad, era ella… ¡Mi madre! Bueno, su espíritu. Ella se había ido consumiendo por las largas y desagradecidas jornadas a mi lado, cuidándome, haciéndome mover, consintiéndome, hablándome, dándome razones para regresar, porque aunque mi cuerpo se recuperaba, mi mente, mi alma y mi espíritu, permanecían muy lejos. Y lo hizo hasta que falleció, unos días antes de mi regreso a la vida. Me dolió mucho no poder verla más, no poder compartir con ella mi retorno; todavía me duele no poder sentirla a mi lado, hablar con ella y poder decirle frente a frente, que lo comprendí, que escuché sus razones, que gracias a sus cuidados me recuperé y que la amo, que no se imagina ¡cuánto la amo!

Ahora no pienso desperdiciar esta segunda oportunidad ni el inmenso amor y dedicación de mi madre ni abusar de todo lo que me ha regalado el Ser Supremo, el Dios que me creó con su infinito amor y en el que creo. Comprendí que solos no podemos, pero que si unimos nuestras fuerzas, sin obsesionarnos, sin creernos los súper héroes, sin perder el control, teniendo claros nuestros límites y sin perder nuestra esencia, alcanzaremos nuestras metas, siguiendo nuestros ideales y sueños, siendo cada vez mejores seres y mejores en lo que hacemos. Lo bueno también a veces puede convertirse en inconveniente, si no mantenemos las riendas de nuestra vida, de nuestra mente y de nuestro corazón, pero siempre seguirá siendo en esencia bueno y valioso. ¡Nunca será pérdida de tiempo seguir luchando por el bien! ¡Despertemos!

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Por: Luz Stella Salazar López.


Este es un cuento, o relato, que escribí hace bastaaante tiempo, o muuuchas Lunas atrás, jeje… Lo retomé, haciéndole algunas reformas, y hoy te lo comparto con su sencillez y con ¡todo mi cariño! 🙂

¡HAY UN MUNDO ALLÁ ABAJO!

¡Hay un Mundo Allá Abajo! (LSSL – 2015)

Lucía tenía catorce años y su imaginación volaba tan de prisa como la luz. Una vez bajo la ducha, comenzaba la aventura. Era un juego muy divertido y parecía real. Sus viajes matutinos al mundo subterráneo eran fantásticos; le encantaban y no podía evitarlos. Día a día se repetía la historia. Ella entraba a bañarse para ir al colegio y perdía la noción del tiempo. Tanto, que sus padres ya estaban preocupados al respecto: ¿Qué era lo que la retrasaba tanto en esa labor diaria?

Desde que la niña había llegado por primera vez a ese mundo, había quedado cautivada por el mismo; era fascinante haberlo descubierto. Deseaba que cada ocasión en que se transportaba a aquel espacio, el tiempo fuera más y más largo… ¡Ojalá eterno!
Sólo debía cerrar los ojos y pensar que se deslizaba por los orificios del desagüe de la ducha y nadar un trayecto hacia abajo, hasta encontrar la luz que la guiaba hacia el singular paraje. La luz la dirigía por un túnel que conducía hasta una abertura en una caverna, que era la puerta de ingreso al maravilloso mundo.

Los habitantes del lugar vestían diferente a la gente de la superficie; es decir, los del sitio de donde venía Lucía. Sus atuendos eran similares a los que usaban los seres humanos de épocas antiguas, aldeanos de los cuentos de hadas o de películas de tiempos pasados.

A pocos metros del portal de la caverna, que estaba cubierta por vegetación, había una playa de arena gruesa, con granitos multicolores. ¡Era un lugar realmente hermoso! Allí, Lucía se había encontrado con una muchacha que estaba solitaria, parada en la playa, con una caracola en la mano. Era Lika, quien más adelante se convirtió en su mejor amiga.

¡Lika era única! Una chica muy especial, quien al igual que Lucía, soñaba y disfrutaba de los momentos mágicos, de la fantasía, de la sorpresa, de la ilusión y de la vida. Cada vez que se encontraban, ella le enseñaba acerca de las costumbres de su mundo, la entendía, la acompañaba, le prestaba su ropa y la acogía en su casa. Nunca la increpó acerca de su origen, pese a su peculiar forma de haber llegado a la playa, y más aún, ¡sin ropa! El caso era que podía inferir claramente, que era foránea. Todo eso era muy valioso para Lucía y realmente se había encariñado con Lika y el oculto mundo.

En el primer encuentro, unos grandes y expresivos ojos, llenos de un azul cristalino, como los de las princesas de los cuentos que los padres de Lucía le leían cuando era más pequeña, los de Lika, se miraron fijamente con los de Lucía, igualmente grandes y expresivos, e inmersos en un marrón intenso, que evocaban la fuerza y el empuje de las grandes heroínas de las historias. En ese momento, se asustaron, pero casi de inmediato, se inspiraron confianza; como si se conocieran desde mucho tiempo atrás.

Lika portaba un traje corto, color trigo, de un material liviano, que dejaba al descubierto brazos, hombros y parte de su espalda, amarrado a la cintura con una trenza de hojas de palma. Llevaba la cabellera al aire libre, e iba caminando descalza. Lucía estaba en la vestimenta usual para tomar una ducha: Como Dios la trajo al mundo… ¡Desnuda!, y al igual que Lika, con la cabellera suelta.

En apariencia física, las dos muchachas tenían similitudes, pero también diferencias: El cabello de Lucía era lacio, oscuro y le llegaba hasta la cintura. El de Lika, era rojizo, ensortijado y le pasaba de la cintura. Lika era delgada, de estatura mediana, de piel blanca, aunque ligeramente bronceada por el Sol y se veía más o menos de la misma edad de Lucía, quien por su parte, era de parecida estatura, de complexión atlética y de piel trigueña. Ambas eran bastante agraciadas, pero en lo que sí eran definitivamente similares, era en su interior.

Salidas del asombro, se saludaron, y apenas habiendo cruzado palabra, Lika le dijo a Lucía que la siguiera, que la iba a guiar hacia un lugar seguro para que pudieran hablar, conocerse mejor y prestarle algún vestido. Lucía se sentía como en un cuento de hadas. Caminaron un rato por una zona llena de vegetación, aledaña a la playa y llegaron a una aldea. Lucía vio que todos vestían de forma parecida a Lika, quien procuró que nadie viera a su recién conocida amiga, antes de brindarle un traje, y rápidamente, la hizo entrar a su casa; una especie de cabaña, construida con guaduas y paja, con tres habitaciones y una cocinita. Lika corrió una cortina elaborada con bejucos, tras la cual estaba su cuarto, e invitó a entrar allí a Lucía.

Se sentaron en unas sillas de guadua, que estaban cerca de la ventana. Pronto Lika se levantó y cerró otra cortinilla, hecha de hojas secas. Le dijo a su invitada, que no sería bueno que las vieran hablando allí. “¿Cómo te llamas?”, preguntó Lika. “Lucía”, respondió la viajera, añadiendo de inmediato que aún no podía decirle de dónde venía. “Está bien, tampoco pensaba que me lo contaras todavía; quiero conocerte primero. Sé que cuando creas conveniente, me compartirás cosas sobre ti”, dijo Lika y agregó: “Te contaré de mí y de lo que me rodea, ¿te parece?”. Lucía asintió y su amiga empezó a hablar: “Me encanta soñar, cantar, reír, bailar, nadar, conversar, jugar y descubrir. Trato de vivir al máximo cada momento. Resido aquí con mi madre Filda y mi hermano mayor, Ivok. Los quiero muchísimo y ellos a mí, pero a veces siento que no tengo con quien hablar de todo lo que quisiera. Mis amigos son muy escasos y no son de mi edad. Mi padre salió un día a pescar mar adentro, como era usual, sólo que ese día, recuerdo que el cielo estaba muy nublado y hacía frío. Nunca regresó. De eso hace ocho años ya… Mejor cambio de tema; lo de mi padre me entristece sobremanera. Me parece maravilloso que hayas venido; eres otra amiga con quien contar, y al parecer, ¡de verdad! Mi madre y mi hermano me enseñan lo que necesito para vivir. Somos pescadores. La vida en este lugar es muy tranquila. Cada quien obtiene lo que requiere, a cambio de su trabajo. Somos una comunidad muy unida, pero bastante pequeña. Hay otras comarcas, pero quedan muy distantes. No las conozco; sólo he oído que existen”.

“Qué bien suena todo eso; bueno, excepto lo de tu padre”, dijo Lucía, quien al sentirse en confianza y percibir que Lika era muy parecida a ella, decidió empezar a hablarle sobre sus cosas. “¿Sabes? Voy a platicarte sobre mí”, le dijo. “Soy hija única, voy al Colegio, vivo con mis padres, Amanda y Mauricio, y un perrito que se llama Goli. Ellos son excelentes, también los quiero mucho y ellos a mí, pero al igual que tú, tampoco tengo muchos amigos y en ocasiones me siento sola. Como tú, me gusta soñar, cantar, reír, bailar, charlar, nadar, jugar; me encanta la aventura, descubrir cosas y vivir en todo el sentido de la palabra. Por todo eso descubrí tu mundo. En el mío, cada uno parece estar metido en su afán diario o realidad particular, sin preocuparse sinceramente por quienes lo rodean. Me gustaría que en él hubiera la tranquilidad que reina aquí. Allá hay violencia por doquier. Las riquezas están repartidas inequitativamente, la gente roba, vive frecuentemente amargada, asustada, a veces no se tiene ni lo necesario para vivir y el desempleo abunda. Se maltrata a los niños, a los ancianos, a las mujeres, a los más débiles. Se pelea por todo y por nada, se matan, secuestran personas, tratan de aprovecharse de la buena voluntad de unos pocos; en conclusión, prevalece la intranquilidad y el desamor. ¡Cuánto daría yo por lograr que eso no fuera así!, pero creo que nada se puede hacer si cada uno no pone de su parte para mejorar todo lo negativo; empezando por los gobernantes, hasta llegar a los más humildes, que viven en la miseria. Hay mucha corrupción, guerras, conflictos por territorios, por diferencias raciales, por religiones, en fin, por diversas y abundantes razones. Sin embargo, no todo es malo; hay muchas personas que luchan y trabajan a diario por sacar adelante al mundo, removerlo del fango y ¡salvarlo! Además, la diversidad natural es inmensa y hermosa; Dios nos ha premiado con nuestro “planeta azul”. Lo que pasa es que no hemos sabido aprovecharlo ni cuidarlo como se debe, y aunque los “buenos” somos más, según mi parecer, desafortunadamente dominan los irresponsables, egoístas y avaros, pues son generalmente quienes ostentan el poder económico y político; quienes tienen el dinero y el poder. Pero, Lika, mejor sigue contándome sobre tu mundo; este tema para mí es bastante agobiante”, expresó Lucía. “Está bien, eso haré.

No te acongojes; verás que en algún momento, la situación cambiará. Todo está en constante movimiento”, repuso Lika y continuó diciendo:
“Aquí no siempre fue como ahora. Mis abuelos me contaban que cuando eran niños, sucedía algo muy similar a lo que me relataste sobre tu mundo, pero llegó el tiempo en que cada uno tomó conciencia de la realidad descabellada que estaban viviendo y comenzaron a darle un vuelco, hasta lograr el mundo que ves actualmente.
Sobre mi padre, ¿recuerdas que te conté que nunca volvió? Yo tenía seis años. Ese día hubo un huracán y murieron muchas personas. Se concluyó, que la embarcación en la que viajaba, naufragó y debieron fallecer todos sus ocupantes. Él era muy bueno, lo recuerdo con gran alegría y amor. Es triste no poder estar con él, pero he aprendido a sobrellevar su ausencia con entusiasmo, y a poner en práctica lo que me enseñó: Ser fuerte, alegre, respetuosa, amable, cariñosa, responsable, honesta y sincera. Siempre tengo eso presente, y cada día de mi vida, llevo a mi padre en mi mente y en mi corazón. De igual forma lo hacen mi hermano y mi madre. También fue muy duro para ellos; quizá aún más que para mí, pues ellos compartieron más tiempo con él, más cosas. Pero, Lucía, ahora soy yo quien está poniéndose nostálgica, prosigue tú”, finalizó diciendo Lika.

De pronto sonaron unos pasos afuera. Lika exclamó: “¡Lucía, métete detrás de los bejucos donde guardo la ropa, apúrate!, parece que vienen mi madre y mi hermano. ¡Debo pensar qué voy a decirles si te descubren!”.

Lucía apenas si alcanzó a esconderse, cuando se abrió la puerta de guaduas e Ivok y la madre de Lika, entraron. La viajera estaba temblando, pues aún se movían los bejucos del guardarropa y Lika estaba en frente del mismo, ayudando a taparla con su cuerpo.

“¡Hola mamá, Ivok! ¿Cómo les fue?”, preguntó Lika. “¡Muy bien, Lika, la pesca de hoy estuvo estupenda; no podemos quejarnos!”, respondió Ivok. “¿Cómo te va a ti, hija? ¿Pudiste aclarar tu mente, disfrutar del paseo por la playa y terminar los quehaceres?”, inquirió la madre. “¡Claro, mamá! Sólo estaba esperando que llegaran ustedes con los pescados, para organizarlos en el almuerzo de hoy. ¡Me alegra mucho que les haya ido tan bien! ¿Qué van a hacer ahora?”, dijo Lika.

Filda e Ivok se miraron, pues notaron algo extraña a la niña y sintieron que quería que salieran de la cabaña, tan pronto como fuera posible. “¿Qué te pasa, Lika, por qué estás sudando, nerviosa y temblorosa? ¿Estás asustada?”, manifestó Ivok. “No, no me pasa nada. ¿Qué podría ocurrirme de raro? No se preocupen, sólo tengo un poco de calor. Abriré la ventana para que entre más aire. Debe ser por eso que sudo; olvidé abrirla cuando entré”, replicó Lika, afanada. “De acuerdo, pero qué extraño, Lika, ¿por qué cerraste la ventana si siempre la dejamos abierta al salir, a no ser que vayamos a demorarnos fuera más de un día?, repuso Filda. Lika sonrió y dijo: “No sé, mamá, hoy quise cerrarla cuando salí”. Ivok y Filda no quedaron satisfechos con los argumentos de Lika, volvieron a cruzar miradas de duda, pero no insistieron con más preguntas.

Ivok comentó que iría a la chorrera cercana a tomar un baño. Filda, por su parte, dijo que visitaría a Éfitas, su mejor amiga y vecina más próxima, para ver cómo seguía el hijo de la misma, Antol, quien había estado un poco enfermo.

“Quizá estaba fantaseando cuando llegamos, y la sorprendimos al entrar. Por eso estaba asustada”, expresó Ivok a su madre, apenas estuvieron fuera de la cabaña. Sabían que Lika era bastante creativa y soñadora. “Sí, tal vez fue eso”, dijo la madre.
“Lucía, ya puedes salir. Se fueron. Creo que no te vieron, pero sé que notaron algo inusual en mí y van a indagar, te lo aseguro… ¡Tendremos que estar preparadas! Debes irte ya, no vaya a ser que regresen antes de lo esperado. Vuelve mañana a la misma hora, te esperaré en la playa”, expresó Lika. Lucía, saliendo del escondite, un poco más tranquila ya, aprobó lo que decía su amiga. “Está bien, nos veremos mañana, cuídate y piensa lo que les vas a decir. Me cuentas sobre la indagatoria. ¡Gracias por tu ayuda! Ah… Tengo una curiosidad: ¿Por qué habías salido a aclarar tu mente en la playa?”, preguntó Lucía antes de irse. “Es que tuve un sueño extraño y quería meditar sobre su significado. Era por esa razón. En otra ocasión te lo contaré”, señaló Lika. “¿Vas a acompañarme hasta la salida?”, inquirió Lucía. Lika respondió que no; sería sospechoso si alguien las viera salir juntas de la cabaña. Rápidamente sacó una mantilla que usaba para protegerse del Sol y se la pasó a Lucía. “Póntela. Es mejor que cubras con ella un poco tu rostro y tu cabellera, para que si te ven, crean que soy yo. Vuelve con el mismo atuendo mañana”, sugirió Lika. Lucía se puso la manta y salió caminando rumbo a la playa, sin mirar atrás, con aparente calma, pero con prontitud, pues el tiempo apremiaba. Afortunadamente, no se topó con nadie y llegó sin problema hasta la entrada de la caverna. Debo llegar rápido a la ducha; en el camino se me ocurrirá algo para decirle a mi madre, si me pregunta por la demora en salir del baño, pensó Lika mientras atravesaba el túnel.

Sin embargo, por su prisa, Lucía no se percató de que un joven que andaba por la playa, la había visto y la había seguido, hasta que ella había desaparecido por el túnel.

Aquel joven era Ezus, un amigo de Ivok y de Antol, pero un poco menor que ellos. Creyó que la chica era Lika y se fue tras ella para preguntarle sobre su hermano. Como la muchacha iba con afán, sólo la alcanzó cuando ella paró de repente, al llegar a la abertura de la caverna. Ezus se sorprendió al verla frenar allí y también detuvo su marcha, escabulléndose de la vista de la misma, pero sin dejar de observarla.

Cuando Lucía estaba de espaldas, entrando con rapidez al túnel, se le enredó la mantilla. Le dio un jalón y terminó de ingresar, pero no se dio cuenta que un trozo de tela había caído en el suelo, al pie de la entrada a la caverna. Durante ese impase, el joven logró ver que el cabello de aquella muchacha era diferente al de Lika y que por tanto, no era ella. Nunca antes la había visto, pero le pareció muy hermosa y se le asemejó a una heroína de tiempos lejanos. Se quedó un rato perplejo, pensando quién podría ser y de dónde provenía, hasta que salió del trance, cuando la chica había desaparecido en la oscura entrada al túnel. Sabía que la ropa que llevaba la enigmática joven era de Lika; tal vez, si le preguntaba a ella, podría saber quién era y ¡volver a verla!

Ezus se acercó al sitio, miró por la abertura, pero no se atrevió a entrar. ¿Por qué se habría metido por allí la muchacha y hacia dónde conduciría ese pasadizo?, pensó; sólo se veía oscuridad y un leve brillo del agua que había en el túnel. ¿Habría sido una alucinación lo de la joven? Quizá estaba exhausto por la caminata bajo el Sol, que había emprendido desde el día anterior. ¡Sí, probablemente era eso! Además, nunca antes había visto esa caverna, pero volvió a mirar antes de marcharse y vio el girón de tela de la mantilla, tirado en el piso; definitivamente, ¡la joven era “real”! Con prueba en mano, al día siguiente, cuando ya hubiera descansado un poco, le preguntaría a Lika al respecto. ¡No habría pérdida… ¡Pronto descubriría el misterio!

Ezus había quedado impactado por la chica; podría decirse que “flechado” o hasta enamorado, y decidió dormir con el pedazo de mantilla, abrazado a su cuerpo. Esa noche soñó con ella. Al día siguiente, ya no quería deshacerse de aquel trozo de tela, que lo unía con su misteriosa joven.

Lucía no había tenido problema con su madre Amanda, al regresar a su mundo; le había dicho que se le pasaba más del tiempo que debería en la ducha, pues se entretenía con su imaginación, pero que pondría de su parte para evitar la demora.

A Lika tampoco se le había presentado inconveniente cuando Filda e Ivok la habían interpelado de nuevo acerca de su extraña reacción del pasado día. Les había explicado que cuando ellos entraron a la cabaña, estaba fantaseando, la sorprendieron y por eso estaba asustada. Al parecer, habían quedado tranquilos con su justificación, mas sin embargo, le dijeron que tuviera cuidado con su imaginación, no llegara a suceder que se perdiera un día en el mundo fantástico que creaba.

De esta manera, Lucía siguió viajando frecuentemente, de aquí para allá y de acá para allá. Todo iba muy bien; las amigas disfrutaban a plenitud cada encuentro. Pero tiempo después, desesperado ya por volver a ver a la enigmática chica, Ezus decidió preguntar por ella a Lika y mostrarle la prueba, para que le dijera la verdad, pues pese a sus varios intentos de visitar el lugar donde la había visto aquel día, no había podido volver a encontrarlo. Recorría toda la playa, a diferentes horas, desde el amanecer hasta el atardecer, incluso en la noche, pero ¡nada! Desenmarañaba todo arbusto o vegetación cercana que pudiera esconder la entrada a la caverna, pero todos sus esfuerzos eran en vano. Tal caverna había desaparecido; parecía haberse esfumado mágicamente y no entendía el porqué. ¡Debía develar el misterio y recuperar a su nueva ilusión de amor!
Lika, por su parte, siempre que iba al encuentro con Lucía, era muy cautelosa y se cercioraba de que nadie la siguiera. Su hermano y su madre estaban tranquilos al respecto, desde el día que habían hablado. No había tenido problema alguno para verse con su amiga, pero no tenía idea de que Ezus la había visto aquel primer día y que estaba tratando de hallarla.

Una mañana en que Lika se disponía a salir a su cita casi diaria con Lucía, Ezus no fue como siempre a pescar, si no que la esperó muy cerca de la cabaña, decidido ya a revelar el secreto, aunque quizá tuviera que despojarse del trozo de manta que lo acompañaba y le hacía sentir presente a la muchacha, con tal de saber de ella, encontrar su paradero y ¡poder volver a verla!

Lika salió, miró si había alguien cerca, como hacía usualmente, caminó despacio, volvió a mirar y repitió el proceso varias veces, hasta que aceleró su marcha y continuó hacia su destino. Ezus la siguió con sigilo, pero en un momento, cerca ya del lugar del encuentro con su amiga, Lika volteó a revisar si alguien la vigilaba y ¡vio a Ezus! ¿Qué hacía él allí? ¡Rayos, probablemente no podría verse con Lucía ese día!, pensó la chica y lo saludó: “¡Hola Ezus! ¿Qué te trae por aquí a estas horas? ¿No deberías estar en tu labor de pesca, acompañando a tu padre?”. “Hoy decidí no ir, porque me sentía algo indispuesto y me pareció buena idea venir a dar un paseo por la playa para relajarme con el paisaje, el sonido de las olas y del viento contra las hojas de las palmeras y arbustos. ¿Tú que haces aquí hoy, Lika? También deberías estar en tu clase de pesca con Ivok y tu madre, ¿no?”, contestó Ezus. “Es que decidí que por un tiempo, suspendería las clases, hasta despejar mi mente. Mi madre y mi hermano estuvieron de acuerdo. Más adelante quizá vuelva a retomarlas”, respondió Lika. “Entiendo”, dijo el chico, pensando que tal decisión debía estar relacionada con la presencia de aquella muchacha que había visto el otro día. “¿Y qué es lo que te pasa? ¿Por qué debes despejar tu mente, Lika?”, dijo el joven. “No te preocupes, Ezus; no es nada grave, en otra oportunidad te contaré”, señaló Lika. El chico pensó que no podía dejar pasar más tiempo y le preguntó: “¿Ocultas algo, Lika? ¿Por qué la prisa? ¡Cuéntame! Creo que ambos vinimos a lo mismo a la playa”. “¿Por qué dices eso, Ezus?”, manifestó la joven. “Lika, sin más rodeos, te conozco hace mucho tiempo y sé que no es usual para ti mentir; quiero saber quién era la muchacha que tenía puesta tu ropa, unos días atrás”, repuso Ezus. Lika se asustó y le dijo: “¿De qué hablas, por Dios, cuál muchacha? No sé a qué te refieres”. “Lika, yo la vi en la playa con tu traje y alcancé a ver algo de su rostro y su cabello. Era marrón. Usaba tus ropas, pero no eras tú. Luego desapareció por la entrada a una caverna”, argumentó el chico. “Debes estar equivocado, Ezus, no hay ninguna caverna cerca de la playa. Quizá fue tu imaginación o que estabas agotado ese día; ¡eso es todo!”, respondió Lika, quien sin notarlo, había empezado a sudar y le temblaban un poco las manos. “Sabes que no es así, Lika. Explícame entonces ¿por qué sudas y tiemblas, si no escondes nada al respecto?”, dijo Ezus. “Además, ¡tengo una prueba!”, agregó el muchacho, sacando de su mochila el girón de tela de la manta de Lika y se lo mostró diciéndole: “No puedes negar que este pedazo de tela pertenece a tu mantilla, Lika. La conozco. Fue la que te dio Antol en tu cumpleaños pasado. Yo mismo vi cuando su madre Éfitas la tejía para ti, pues él se lo había pedido y le había dicho cómo quería que fuera. Y era la que más solías utilizar. ¡Dime la verdad, no me ocultes más lo que pasa!”. “De acuerdo, Ezus, te diré quién es. Pero no vayas a contárselo a nadie más; ni siquiera a Ivok. ¡Te lo pido por favor! Si lo haces, lo más probable es que no pueda volver a ver a mi amiga”, expresó Lika. “Tranquila, eso sería lo último que yo querría que pasara. Si te estoy preguntando es por más que curiosidad. Tal vez, más aún que tú, yo quiero volver a verla y poder conocerla. Desde ese día no he podido dejar de pensar en ella”, añadió Ezus.

Lika no pudo seguir ocultando lo de su extraña amiga y le contó todo a Ezus, pero le advirtió que aún no sabía cuál era el origen de la viajera, pues la chica todavía no le había comentado dónde quedaba el mundo de donde venía. Ezus dijo que eso no importaba, que él lo que quería era verla de nuevo, que lo ayudara a lograrlo.

Lika estuvo de acuerdo, pues vio que Ezus realmente estaba interesado en Lucía, y tal vez, de esa manera, ella contribuiría a la felicidad de sus dos amigos. Decidieron entonces continuar el camino para encontrarse con Lucía. Sin embargo, Lika se sentía un poco abrumada, pues le parecía que, de cierto modo, estaba traicionando a Lucía y poniéndola quizá en peligro. De otro lado, su interior le decía que estaba actuando correctamente, que debía hacerlo y al fin de cuentas, Ezus era un buen muchacho, sincero y a quien conocía desde hacía mucho tiempo, así que siguió adelante con la decisión. Su amiga tendría que entender; lo había hecho por ayudarlos a ambos. Luego terminaría agradeciéndoselo.

Una vez estando al pie de la entrada de la caverna, Lika le pidió a Ezus que cerrara los ojos y soñara despierto. Así lo hacía ella cada vez, y momentos después, llegaba Lucía por el túnel. Igual pasó aquella mañana. Ambos estaban con los ojos cerrados, soñando despiertos, cuando escucharon el sonido del agua. Abrieron los ojos y vieron a Lucía, al lado de la entrada a la caverna, terminando de ponerse la mantilla de Lika. La chica no los había visto aún. De pronto volteó y se dio cuenta que Lika no estaba sola. Se asustó e intentó ingresar de nuevo a la caverna, pero la abertura ya había desaparecido. Lika le dijo: “¡Cálmate, Lucía, no tengas miedo, Ezus es de confianza!”. “¿Pero por qué viniste con él? Era un secreto entre ambas. Nadie más podía enterarse; pueden descubrirnos y no podríamos volver a vernos, Lika, ¿entiendes eso?”, replicó Lucía. “Discúlpame, Lucía, lo siento de verdad, pero no tuve otra opción. Ezus te vio el primer día, recogió un girón de la mantilla que se desprendió al enredársete en la entrada a la caverna, lo guardó y hoy me lo mostró. Tenía que contarle”, le explicó Lika, a lo que Lucía añadió: “Está bien, Lika, entiendo. Esperemos que no pase nada por este incidente”. Ezus intervino diciendo: “Ambas pueden estar tranquilas, por mi parte, no diré nada. ¡Sólo quería volver a verte, Lucía, perdona el atrevimiento! Esperé lo más que pude para resolver el misterio, pero no aguanté más las ganas de verte. Sentí la necesidad imperiosa de buscar a Lika y preguntarle al respecto. No tengas temor, Lucía, quiero conocerte, ¡por favor quédate! ¡Y discúlpenme las dos!”. Las chicas se miraron y asintieron. Tomaron rumbo a la cabaña de Lika, cuidando de no ser vistos, pero en esta ocasión, Lika decidió que se quedaría afuera, vigilando que no se acercara nadie. Además, ella quería que Ezus y Lucía pudieran hablar sin temores y empezar a conocerse a fondo.

Ezus y Lucía entraron a la cabaña y cerraron la cortinilla. Está tan hermosa y enigmática como aquella vez; definitivamente acerté al buscarla. Esta chica en verdad me encanta, pensó Ezus. “Bien, deja que me presente”, comenzó a hablar el joven. “Conozco a Lika desde muy pequeña. Soy gran amigo de su hermano Ivok y pues de toda su familia en general. También, como ellos, estoy en la labor de la pesca; aprendiendo aún”, dijo con una sonrisa y continuó: “De ti, sé que eres amiga de Lika desde hace algún tiempo, que se quieren mucho y que vienes de otro mundo, llegando a éste, algo así como por la imaginación o el soñar despierta, en conjunto con Lika. ¿Qué quieres compartirme sobre ti para ir conociéndote un poco más? Desde esa primera ocasión que te vi, me dejaste fascinado. Perdona que sea tan directo, pero sé que no tenemos mucho tiempo en este encuentro. Puede decirse que quedé flechado, como dicen por ahí. Pienso que quizá eres la mujer que siempre esperé conocer y por fin la hallé. Llegaste a mi mundo, como en un cuento de hadas, tal vez y te percibo como a una de esas heroínas de historias remotas o fantásticas, pero el haberte encontrado me hace muy feliz. Y pese a que también siento temor de perderte tan mágicamente como llegaste, quiero disfrutar al máximo todos los momentos que pueda estar contigo”.

“Ezus, ¿qué te puedo decir, además de lo que ya te contó Lika sobre mí y sobre el mundo de donde vengo? No les he dicho dónde queda, porque no me creerían y tal vez pensarían que estoy “loca” o que los estoy engañando. Sólo te complemento, que a mí también me ha gustado muchísimo conocerte y que disfruto sinceramente cuando vengo acá, al de ustedes, que igualmente lo siento ¡como si fuera mío!, manifestó Lucía. Y así era, porque en últimas, llegaba a ese mundo, viajando con su imaginación, pensaba la chica.

De pronto, escucharon a Lika, que entraba a la cabaña: “¡Lucía, Ezus, ya es hora! Debes irte, amiga, dentro de poco llegarán mamá e Ivok. Nos veremos después”. “Sí, Lika, tienes razón, debo partir, pero hoy quiero que me acompañen hasta la caverna. ¿Pueden? Lika, me gustaría que en el camino me contaras el sueño aquel que me habías dicho, por el cual estabas despejando tu mente caminando por la playa, el primer día que nos encontramos”, expresó Lucía. “Sí, Lika, a mí también quedaste de contármelo. ¡Vamos entonces!”, agregó Ezus. Lika aceptó y les dijo que salieran, pero no los tres a la vez, sino primero Lucía y Ezus. Ella luego los alcanzaría, para no despertar sospechas, si alguien los veía accidentalmente en la ruta hacia la playa, y cuando estuvieran en el tramo de vegetación espesa, les contaría el sueño.

Se fueron entonces, Lucía –con el atuendo que siempre usaba de Lika-, junto con Ezus. Avanzados ya hacia su destino, llegando al tramo de vegetación donde se encontrarían con Lika, pararon un momento a esperarla y Ezus habló: “Lucía, no puedo evitarlo. Tengo un presentimiento. No sé si volveré a verte después de hoy”. Sin más pensarlo, se acercó a la chica, mirándola a los ojos y la besó. Ella le correspondió. Fue un momento mágico, como si se detuviera el tiempo y no importara nada más. ¡Sólo ellos dos!

De repente, llegó Lika apresurada: “¡Aquí estoy! Disculpen si los interrumpí. Creo que llegué en momento inadecuado, pero ya nada puedo hacer. Tuve que detenerme un momento mientras venía, pues me topé con Antol, que había ido a buscarme. Le dije que luego lo visitaría, que no me sentía bien y que me urgía estar un rato a solas en la playa. Vine tan rápido como pude. Casi me ven también Ivok y mamá, que venían cerca, cuando me despedí de Antol. ¡Tienes que irte ya, Lucía! Quizá hayan decidido venir tras de mí, si se alcanzaron a encontrar con Antol y les contó lo que yo le había dicho. ¡Lo siento, no se me ocurrió nada más qué decirle!”.

Saliendo ya del trance ambos jóvenes, aunque abruptamente, con la irrupción de Lika, la tranquilizaron y le dijeron que en ese tramo estaban a salvo, que allí era difícil que los viera alguien. Le recordaron que les contara el sueño, pues consideraban que era importante. Al parecer debía estar ligado con el presentimiento de Ezus, el incidente con Antol y con la conexión al soñar despiertas, de ella con Lucía.

Lika se calmó y procedió rápidamente a contarles el sueño: “Trataré de ser lo más concisa y breve posible, considerando el poco tiempo que tenemos. Es que antes del primer encuentro contigo, Lucía”, dijo la chica mirándola, “tuve un sueño que se repetía casi a diario… Yo caminaba sola por la playa, contemplando los granos de arena y las conchas que brillaban con el Sol, mientras escuchaba el sonido de las olas. De pronto, me topé con una gran caracola, que llamó mi atención, pues refulgía entre todo y tenía una inscripción. La levanté para descifrar qué decía y oí una voz que salía de ella: “¡Lika, ven a buscarme, cierra tus ojos, sueña, y siempre a la misma hora, aquí me hallarás!”, pero cuando trataba de leer la inscripción, se ponía borrosa y me despertaba. Me dio mucha curiosidad y me dirigí a la playa a ver si encontraba la caracola, para poder descifrar, por fin, la inscripción. En efecto, la encontré. Era tal como la había visto en el sueño, pero cuando la tomé entre mis manos, la inscripción se tornó borrosa. Cerré los ojos, atendiendo el mensaje de la voz aquella, para ver qué pasaba”. Y dirigiéndose a Ezus, continuó: “En ese momento, me encontré con los ojos de Lucía y noté que había un fuerte lazo con ella. Por la sorpresa, solté la caracola, que se deshizo, confundiéndose en mil pedacitos, entre la arena de la playa. De allí en adelante, al llegar a ese sitio, con sólo cerrar los ojos y soñar despierta con Lucía, se produce el encuentro”. “¿Pero supiste qué decía la inscripción, Lika?, preguntó Ezus. La joven respondió: “Pues al caer los pedazos de la caracola en la arena, quedó escrito algo con los granos de colores, pero no entendí su significado. Instantes después, se borró con una ola. El mensaje decía: Ahora por una, somos dos, y cuando por la otra seamos tres, la magia se consumará, pero ante la inminencia de más, ¡ésta cesará!”.

De inmediato, Ezus relacionó la frase con el beso y con su presentimiento de que no volvería a ver más a Lucía. Las chicas por su parte, con gran tristeza en el alma, y sintiéndose en conjunción completa, intuyeron también que en verdad, tal vez ese sería el último encuentro en aquel mundo fantástico. Una y dos, eran Lucía y Lika, en amistad entrañable. El tercero era Ezus. La consumación era el beso y el amor nacido entre Ezus y Lucía, y por último, la inminencia de más, eran Antol, Ivok y Filda, que venían en camino.

Lucía estaba asombrada, y a la vez abrumada, el chico que acababa de conocer le gustaba muchísimo. ¿Sería quizá su príncipe azul, encontrado en extrañas tierras? ¿Qué haría?, se preguntaba. Ella sabía que ese mundo era producto de su imaginación, que el joven era parte de su soñar despierta. ¿Qué tal si en un momento se dejaba llevar por la fantasía, pues la llenaba más que la llamada realidad -en su mayoría triste y agobiante, como se la había descrito a Lika-, y se perdía en ella? Pensaba la chica. Se sintió triste por Lika, Ezus y el maravilloso mundo subterráneo, pero no, no podía continuar dándole rienda suelta. Cada vez la atrapaba más. Debía dejar que se cumpliera la profecía del sueño de Lika, controlar su volátil mente y retomar su vida con sus padres y Goli.

“Vamos, Lucía, debes continuar tu camino a la caverna, parece que Ivok y Antol se acercan. ¡Vete Pronto!”, exclamó Lika. Lucía los miró con lágrimas en los ojos y corrió hacia el portal de la caverna. Ellos se quedaron mirándola también con profunda tristeza, hasta que desapareció entre la vegetación.

Lucía llegó a la puerta de la caverna y para despedirse de aquel grato mundo, admiró una vez más, por unos instantes el bello paisaje marino, que pronto dejaría. Entró al túnel, y sin fuerzas ya para nadar, invadida por la nostalgia, sintió que algo la impulsaba hacia la superficie; era su madre, quien desafortunadamente, o quizá, afortunadamente, la llamaba con ímpetu: “¿Lucía, qué te pasa? ¡Sal ya! No me has dicho concretamente ¿por qué es que te demoras tanto bañándote? ¿Qué es lo que encuentras en ese mundo de tu imaginación? ¡Debes terminar de alistarte para ir al Colegio! Bájale un poco a los sueños y a la fantasía… Tenemos que volver a hablar al respecto, hija; ¡eso puede llegar a afectarte!”.

La chica, ya de regreso en la “realidad”, cerró la ducha y con los ojos llenos de lágrimas, le respondió: “¡Hay un mundo allá abajo!, mamá; es fascinante. Ya te contaré, pero no te preocupes, estaba visitándolo por última vez, por eso no había salido aún”. “Me encantaría escuchar sobre él”, dijo Amanda. Lucía abrió la puerta y le sonrió a su madre. Goli entró, le lamió cariñosamente la mano y madre e hija se abrazaron fuertemente. La aventura subterránea tal vez había terminado, pero la vida continuaba vigorizada con lo experimentado en aquel mundo de fantasía y con Lika y Ezus, acompañándola por siempre en su mente y en su corazón. Más adelante, nuevos sueños e ilusiones aflorarían y comenzarían nuevas aventuras.

Lo importante es nunca dejar de soñar ni de seguir los sueños. Mientras haya sueños, habrá motivos para vivir y mientras haya vida, habrá motivos para soñar…

FIN

©

Por: Luz Stella Salazar López.


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2 comentarios en “Mis Relatos

  1. Ve tras tus sueños, sigue tus sueños !
    Hola Luz, disculpa que he estado en esos afanes diarios que tú conoces y apenas esta tarde he sacado unos minutos para conectarme contigo.
    Por un momento vi imágenes de mi Taganga en tu relato.
    Continúa con ese ímpetu y con tu sensibilidad, que guardianes del Universo se necesitarán siempre. Bendiciones, ah y creo que debes corregir cuando Ezus se dirige a Lucía y le dice que él es el mejor amigo de Ivok…(mas no de Ezus)
    Bueno, ahora sí, beso, abrazo y bendiciones !

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    • ¡¡Hola Idinael… Gracias por tu lindo mensaje, por tu tiempo (como dices, sé de tus afanes, jeje) y por leer mis escritos!! Ya hice la corrección pertinente, gracias… 😉 🙂 ¡¡Abrazos, besos y bendiciones para ti también!!

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